queremos tanto a glenda
Alguna vez estuvimos rodeados de tedio y decadencia, de máquinas rotas, de espejos y pantallas onanistas, de ajedrez lento y estéril, plagado de rechazos. Pero de pronto encontramos la manera de salir. Ella se montaba en el remolque, subíamos por turnos y le dábamos movimiento y descargábamos y ya. Subía el siguiente. Así desde muy temprano. Después le dábamos algo de dinero y algo de mercancía y algo de cariño. Tendría quince o dieciséis. Era la cosa más dulce que te puedas imaginar. Y le gustaba, no sabes cuanto, era insaciable. Cuantos quisieran subían al camión y nunca decía que no. ¿Y qué si lo hubiera dicho? Pues que al animal que se pasara lo bajábamos del remolque a trancazos, a patadas, a cuchillazos, o lo que hiciera falta. Nadie le tose a nuestra Glenda.

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