mírame, soy un apátrida
Y pasamos nuestra infancia en la trinchera. Hacía tanto de la guerra que su sombra sólo alcanzaba la mirada de nuestros abuelos. Éramos niños, mirábamos directamente al sol. Disparábamos y caíamos y nos volvíamos a levantar, constantemente heridos. Anticipándonos a lo que vendría, cada mañana decidíamos quien debía desertar. Parece mentira. Nunca nos equivocamos.

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