lunes, septiembre 19, 2005

las prevenciones salvajes

Empieza como una historia de cuernos. Soy un médico de prestigio, soy un experto en simuladores de vuelo y conduzco un descapotable ridículo. Mi mujer es una sirena. Mi casa tiene jardín, mi perro se come al tuyo, mis fotos de familia irradian felicidad y blanca sonrisa. Tengo un 4x4, tengo una habitación con seis pantallas, tengo un asiento de piloto instalado frente al ordenador, no soy un piloto de verdad, me dan pánico las alturas. Me da pánico no hacer pie. Me da pánico todo lo que no pueda ver y tocar y comprar y pagar. Me da pánico que mi tranquilidad se haga pedazos. Me da pánico tener que buscarme una casa sin jardín, conducir un coche de segunda mano, vivir de alquiler, no tener espacio para mis aviones simulados. Me da pánico encontrarme solo otra vez y tener que mostrarme para ganar amigos. Me da pánico porque no tengo amigos. Porque no quiero mostrarme. Porque no quiero ni ver en lo que me he convertido. Me da pánico reconocer que mi mujer se acuesta con un submarinista. Al fin y al cabo mi mujer también se acuesta conmigo. Lo que me da pánico es que mi mujer folla cuando se acuesta con el submarinista, pero nunca cuando se acuesta conmigo. Durante todo este tiempo lo estuve ignorando. Ignorar que el horario de inmersiones no suele acabar a las doce. Ignorar que el trayecto de veinte minutos del trabajo a casa no justifica pasar la noche fuera porque se le hizo tarde. Ignorarlo todo. Decidí ignorarlo porque es lo más fácil, porque no me supone un esfuerzo, porque no soportaría enfrentarme a nada, porque ella tiene el dinero y sin su mitad -porque vamos a medias en todo, en la casa , en el coche, en la electricidad, en la compra del supermercado- no podría mantener mi tren de vida. Ignorar también que con su mitad no puedo mantener su tren de vida. Ignorar que mi sueldo no es lo bastante alto. Aceptar que no me quiere me da igual. Aceptar la infelicidad no me preocupa. Aceptar ser feliz en un 10 o un 15% es algo que asumí como objetivo. Pero el esfuerzo es cada vez mayor. Una mañana, justo antes de marcharnos de viaje decido tirar de la manta. Espío su móvil y descubro lo que sé. Lo que sabían todos aquellos con los que hablaba del tema. Decido ser civilizado. Aplazaremos el divorcio y nos iremos de viaje. Ella me dice bien claro que no me quiere. Que cuando volvamos se va a ir con el buzo. Aún así nos marchamos. Vietnam es un país hermoso y sacamos más de quinientas fotos. Las fotos nos muestran felices como mandan los cánones. Las fotos son una ficción que añadir a mi vida entera. Eso no es lo que me molesta. Al volver me quito la alianza. Intento recuperar a mis viejos amigos. Pero mi agenda ha caducado. Me quedo con el perro, con mis aviones y sin el descapotable. Me quedo en la casa porque está a mi nombre. Porque a compré antes de conocerla. Soy civilizado y no quiero enfrentamientos por eso sigo haciéndole favores. Me voy de fin de semana para que pueda organizar una fiesta de cumpleaños. Voy de agencia en agencia de viajes para encontrarle el mejor viaje para dos a Santo Domingo. Le hago la compra, la escucho cada vez que discute con el buzo. Discuto a menudo con ella, lo hago casi siempre en público. Poco a poco me voy abandonando a mi suerte. Echo de menos el descapotable, echo de menos el 4x4. La historia de cuernos se complica. El buzo está comprometido. Su novia es rica. Mi mujer se siente engañada, no quiere ser la otra, quiere dinamitar la historia. Me propone que le espíe. Me comprará una cámara, me comprará un coche, me pagará mil euros, me dará lo que le pida. A cambio yo la seguiré mientras ella se cita con el submarinista. La filmaré, la fotografiaré, los seguiré hasta su intimidad, los filmaré cuando se acuesten. Ella se encargará de las posturas. Ella se encargará de que la cámara los capte a los dos de manera fácilmente reconocible. Ella me proporcionará la dirección de la prometida, yo sólo tendré que aparecer como el marido abandonado que abra los ojos de la futura familia política. Yo no sé si aceptar o no. Me falta valor. Me quedan trazos de la dignidad perdida. Le digo que no.