jueves, febrero 02, 2006

la linea de la sombra

Una vez en la sombra el extranjero se detuvo. Era una habitación grande y espaciosa. Sentados en un rincón aguardamos en silencio a la mañana siguiente. Éramos dos hombres sin barco, sin ningún lazo con el mar. Nadie dijo nada. Ni siquiera le pregunté su nombre. La casa vacía, abandonada, los sonidos del viento y los animales nocturnos, el brillo de la luna en los cristales rotos de la ventana que forzamos para entrar, la sensación de total abandono, de total serenidad, de total equilibrio en un universo que alguien vació para colocarnos en el límite mismo, allí donde más frágil parece , donde una brisa parece un terremoto, donde todo es una pendiente pedregosa y uno puede mover un pie y ver piedras rodar por la ladera, arrastrándose unas a otras hasta el fondo y más abajo, verlas caer en el arroyo, sentir la tierra que poco a poco se descarna y saber cual es el fin de todo ello. De madrugada encendió un cigarrillo. Había perros afuera. Saqué del bolsillo mis papeles, escribí una carta con los dedos entumecidos. Escribí febrilmente por espacio de dos horas. Doblé el papel. Lo guardé en el bolsillo. Por vez primera le miré. Se había quedado dormido. Eran ya casi las siete. Me sentí sereno, agotado, vacío. Salí al jardín. Busqué los perros, indagué sobre el orígen de los ruidos. Nada extraño había sucedido.