Guinsaugon: gatos, serpientes, lodazales.
Los veranos de mi infancia en la casa de mi abuelo. Una gran casa de verano construida para el descanso. La casa de un industrial del cuero que se retiró con cuarenta años, vivió de renta, murió de viejo, la dejó en herencia a su ama de llaves. Una casa de tres plantas, situada en lo alto de una finca de avellanos desplegados en terrazas descendiendo suavemente hacia el barranco. Una casa rodeada de árboles, de grandes plátanos frondosos, enormes bestias verdes mayores que el edificio, una casa con estanque, una casa con una plaza pavimentada y farolas de hierro forjado en las esquinas y arbustos delimitando la plaza y caminos que recorrían la finca vadeados de rosales, laureles y piedras ornamentales. Una casa donde había de todo. Había sol y había tiempo y había aire y espacio y agua y gatos y perros y patos y gallinas y conejos y frutales y avellanos y padres y abuelos y una vasta biblioteca, una biblioteca infinita, una biblioteca inagotable. Una casa con misterios y desvanes y una corriente subterránea. Una corriente de agua clara que llenaba el estanque para el riego y la cisterna para beber y que manaba por un caño más ancho que el brazo de un hombre, donde en verano me gustaba acercar la cabeza y escuchar como llegaba, mirar como llegaba, ver el brillo de la corriente al asomarse por el borde y derramarse con fuerza contra mi cara, y mi cara ojos abiertos llena de agua, los ojos, el pelo, la boca, la nariz llenas de agua fresca en el rigor de la canícula. Una corriente subterránea a la que se podía acceder a través de una galería. Una galería siempre cerrada con una reja infranqueable, una reja que traté de abrir mil veces sin jamás lograrlo y conducía presumiblemente a una escalera descendente y a una pequeña estancia fresca con un pozo y algún armario donde guardaron antaño la comida. Una reja que jamás vi abierta y que asimilo para siempre a mi niñez, a ese espacio de misterio que es el mundo, ese lugar oscuro, inaccesible que uno crea para sí lleno de monstruos y prodigios, lleno de miedo y maravillas, lleno de trampas y respuestas y enemigos y aliados y preguntas y tesoros y rincones y polvo y telarañas y deseos prohibidos e imposibles. Ese lugar oscuro al que acceden sin dudar los animales, como los gatos que pasaban a mi lado y se perdían en la cueva y regresaban satisfechos y orgullosos con esa cara que tienen siempre, esa indiferencia, ese saberlo ya todo del mundo, ese haber estado, ese conocer lo que yo temo, ese saber como vencerlo. Ese lugar oscuro que yo tapié a los dieciséis, sin poder franquear la entrada porque la galería estaba en ruinas y había que construir un muro que contuviera la tierra que se iba deslizando por la pendiente a ese lado de la casa. Y como en un rito iniciático yo levanté el muro, como si fuera lo último en mi vida o como si fuera lo primero o como si fuera, en realidad y por ser franco, una prueba más de la fuerza que crecía, la fuerza de mis brazos, de mis hombros, de mi espalda, de mis manos, capaz de cavar y mover tierras y cargar esas piezas grises de hormigón que iban a tapiar por fin el escenario de los sueños y los miedos, y lo hice sin apenas reparar en ello, como iba a ser desde ya siempre en mi vida. Cavar, mover, construir, tapiar, olvidar. Y quedó ese muro gris al que pegar la oreja si alguna vez quise escuchar los miedos, los monstruos ciegos de la infancia atrapados para siempre bajo tierra, cerca del agua que bebía, cerca del agua que manaba fresca y limpia como siempre por el caño del estanque.
Y había siempre gente en esa casa. Gente de todo tipo, gente que pasaba y se quedaba, gente que venía de visita, gente que venía para comprarla, gente de paso, gente que preguntaba, gente perdida, gente que venía por las flores, gente que venía por los árboles, gente que venía por la sombra. Y en los tres meses de verano uno jamás sentía la necesidad de traspasar las lindes de la finca. Uno jamás estaba solo. Uno siempre encontraba, por otra parte, un rincón en donde estarlo: un desván, un almacén, un corral, un avellano. Y la gente llenaba las habitaciones y se reunía en la plaza y los niños jugábamos por allí como en un limbo, mitad protagonistas, mitad miembros fantasma. Y venían mil parientes y traían a sus amigos. Y recuerdo los juegos con mis primos. Y me acuerdo del muchacho con pinta de delincuente que decía jugar en los juveniles del Rayo, y de su hermano Maradona y de su novia, y de las tetas de su novia, que era distinta cada año, siempre morena y malhablada y con cara de saber de qué va el patio, y me acuerdo del año que trajo a dos, no sé si por error o por no saber como evitarlo, y llegaron con tres días de diferencia, y las vi mirarse y las vi mirarlo y les vi meterse en la casa y pronto salir gritando y volverse a meter y entonces me sacaron de allí a fuerza de brazos no recuerdo quien, tal vez mi madre, tal vez mi abuela, tal vez mi padre, tal vez mi vergüenza ajena, y el caso es que de la morena con más tetas no se volvió a saber y con la otra se pasó el verano y otro verano y por ahora deben andar cerca de los veintitrés, y recuerdo que pensé tío eres bobo, porque la otra era más guapa y tenía muy buen toque de balón, y luego caí en la cuenta de que tal vez justo por eso se marchó con el fútbol a otra parte, en algún campo de primera con algún equipo ganador.
Pero de todos la mejor siempre fue Aurora. Aurora y Jose. Con ellos dos era la fiesta, con ellos dos era el desmadre, con ellos dos todo era fácil. Con ellos dos no hay adjetivos: son gente buena, gente adorable, la clase de gente que para construir un mundo mitad decente debería tener los hijos, todos los hijos, o por lo menos educarlos. Aurora era menuda, dulce, sonriente, filipina. Jose canijo, calvo, miope, desgarbado con esa voz aflautada y esa charla entre triste e hilarante, irónica, tierna y sutil, como un remake de Woody Allen. Como Woody Allen en Madrid. Nunca me trataron como a un niño, ni me hablaron como se habla a un niño, ni esperaron de mí lo que se suele esperar de un niño. No importaba la edad que tuvieras, con ellos eras nada más su amigo. Un amigo que llevar a la playa, que llevar al cine, que llevar de paseo, que llevar de excursión, un amigo al que contarle todo, al que hablar de tu trabajo, de tus jefes, de tus deudas, de tus marrones, de los atascos, del calor, de las películas, de los libros, de la televisión. Un amigo con el que hablar de nada y sin embargo estar, sólo estar, cercano y presente, en plena confianza. Y Woody que me hablaba de la estirada de su ex, una ejecutiva americana de una empresa de semáforos, una ejecutiva de ojos verdes que se volvían naranja y luego rojos y en cuya cara podías ver si se enfadaba los hombrecillos del semáforo salir corriendo, sin distinciones de color, para escapar de la furia aterradora del Imperio. Y me hablaba de Aurora. De cómo había conocido a Aurora y de los problemas que tenían entre el inglés, el tagalo y el español, de cómo avanzaron en su relación gracias nada más que a confusiones, a palabras incorrectas o a expresiones incorrectas o a frases hechas mal entendidas o a simple y llana incomunicación que había acabado por llevarles a estar cerca, tan cerca que ya no hacían falta idiomas, porque bastaba reírse o encogerse de hombros o enfadarse por un rato hasta que luego perdonar. Y ella era la atracción, era la reina del verano, la que reunía a todos los niños a sus pies para escuchar esas historias increíbles de un poblado donde las serpientes eran gatos, y se paseaban por tu casa y se comían a los ratones y las cuidabas y las reconocías y les ponías nombre, un poblado rural y muy lejano, al sur de Manila, donde llovía todo el tiempo y todo era verde y apenas se hablaba más que tagalo. Un poblado que daba miedo y daba envidia porque aquí nunca llovía y las serpientes eran feas y a las ratas se las comían unos gatos nada vulgares pero sin duda más gordos y consentidos, unos gatos que uno imaginaba rebelándose cualquiera de estas tardes y entrando a la cocina a reclamar su buen plato de potaje, o sacándole de la cama a medianoche para mandarlo a montar guardia en el granero, o simplemente pasando el resto de sus vidas dormitando en un rincón sin abrir jamás un ojo, ese ojo verde que todo lo ha visto y todo lo sabe, ese ojo tan distinto al de las serpientes de Manila, que uno no ha visto pero imagina siempre atento, reptando en pos del roedor, por no hablar de la ventaja de ser serpiente cuando se trata de colarse a traición en una madriguera. Y con Woody y con Aurora nos fuimos una vez a Barcelona, y visitamos el Parc Güell y sus dragones, y comimos en el zoo y vimos serpientes y aprendí a decir tacos en tagalo, y subiendo a la Sagrada Familia por la escalera de caracol empecé a pensar en el error, el primer gran error de mi vida, y a descubrir que tenía vértigo, y a pasarlo mal, y Aurora lo pasaba peor pero apenas se quejaba y Woody iba delante con cara de ganador, pero cagado de miedo, y los tres subimos hasta lo alto de la torre, y nos asomamos al abismo que se abría a Barcelona, y pensamos que jamás el suelo iba a estar tan lejos, y miramos los aviones y entonces fue cuando ella nos volvió a contar la anécdota del aeropuerto, de su llegada a Madrid, de cuando vio un taxi que decía “libre” y buscó en su diccionario y leyó “free” y pensó en las ventajas de encontrarse ya en Europa donde uno podía llegar gratis al hotel desde el avión, y de cómo subió al taxi confiada y la cara del taxista cuando al llegar vio que se iba tan campante, sin más, eso sí, tras dar las gracias. Y los tres nos reímos y nos hizo bien, porque faltaba una bajada, y la escalera de caracol se retorcía alrededor de un hueco tan estrecho que uno pensaba tranquilo muchacho, no cabes aunque te caigas, aquí no caben las serpientes de Manila, y por otro lado sabía que sí, que sí cabía, que cabía yo y cabían dos y cabían tres y que Gaudí el muy cabrón debió pensar en ascensores para una obra de tal tamaño, o pensar en escaleras amplias y confortables en lugar de adornos florales y troncos y mosaicos y dragones y prodigios de la imaginación que uno todavía no sabe si son hermosos, pero sí son necesarios, aunque no, no los quisiera yo en mi casa, no en mi salón. Y ya abajo y de vuelta en casa y al día siguiente a la playa y Aurora siempre a la sombra para no ponerse negra como un escarabajo, y saltar con las olas y hablarle en castellano para escuchárselo decir en tagalo y decírselo mal en tagalo para que ella lo traduzca al inglés y decirlo mal en inglés para que ella lo dijera mal en castellano y reírse por el absurdo de aquella mujer que se reía y hablaba cuatro idiomas y justo el mío lo hablaba mal. Y recuerdo que pasaron los años y yo crecí o ellos cambiaron el destino de sus vacaciones y nos veíamos cada vez más de cuando en cuando pero siempre igual de bien, siempre como amigos, como el amigo que dejaste ayer en el portal de su casa, con el que hablaste en una esquina a la salida del trabajo, y por años que pasaran y por más que me hice adulto seguimos en contacto, como esa gente a la que ves muy poco o no ves nada pero necesitas saber, de cuando en cuando, que la vida les trata bien, la mitad de bien solamente, de lo que piensas se merecen porque con eso ya les basta y son felices como lo sería cualquiera. Y recientemente me convertí en su médico de cabecera, el médico telefónico que da consejos a cinco horas de camino, a quinientos kilómetros, al otro lado del auricular, o sea, aquí mismo, porque andaba delicada de salud, achacosa, deprimida, con frecuentes crisis de pánico. Y como pude, torpemente, yo traté de darles calma, de explicar lo que sus médicos no hacían, de reírme con su acento, de contribuír con mis mejores gracias. Y los fines de semana, sentado en la plaza de la casa con los gatos, imaginaba tener serpientes y que lloviera todo el tiempo, porque me acuerdo todavía del poblado donde las serpientes eran gatos. Y la lluvia no paraba y miras distraído el telediario. Y te cuentan por teléfono que se ha caído una montaña, que la montaña sepultó todo el poblado, que ha enterrado para siempre a las serpientes, a las ratas, a la gente y a las plantas y las familias y a los recuerdos y a los miedos y a los gatos. Y miras distraído el telediario y te imaginas al muchacho adolescente que ya no tiene madre ni infancia ni pasado, que ni siquiera tiene un muro gris al que pegar la oreja para escuchar los miedos que ha encerrado, que ya no tiene miedos, que mira asombrado a la montaña, que sólo espera que llegue el avión de la Cruz Roja y que los trámites sean rápidos y que le saquen pronto de allí, que le saquen pronto y para siempre, para vivir en cualquier parte, pongamos de momento en Madrid, donde toda la familia que le queda pueda entenderlo en tagalo, pueda hablarle de serpientes, pueda hablarle de gatos.
Y había siempre gente en esa casa. Gente de todo tipo, gente que pasaba y se quedaba, gente que venía de visita, gente que venía para comprarla, gente de paso, gente que preguntaba, gente perdida, gente que venía por las flores, gente que venía por los árboles, gente que venía por la sombra. Y en los tres meses de verano uno jamás sentía la necesidad de traspasar las lindes de la finca. Uno jamás estaba solo. Uno siempre encontraba, por otra parte, un rincón en donde estarlo: un desván, un almacén, un corral, un avellano. Y la gente llenaba las habitaciones y se reunía en la plaza y los niños jugábamos por allí como en un limbo, mitad protagonistas, mitad miembros fantasma. Y venían mil parientes y traían a sus amigos. Y recuerdo los juegos con mis primos. Y me acuerdo del muchacho con pinta de delincuente que decía jugar en los juveniles del Rayo, y de su hermano Maradona y de su novia, y de las tetas de su novia, que era distinta cada año, siempre morena y malhablada y con cara de saber de qué va el patio, y me acuerdo del año que trajo a dos, no sé si por error o por no saber como evitarlo, y llegaron con tres días de diferencia, y las vi mirarse y las vi mirarlo y les vi meterse en la casa y pronto salir gritando y volverse a meter y entonces me sacaron de allí a fuerza de brazos no recuerdo quien, tal vez mi madre, tal vez mi abuela, tal vez mi padre, tal vez mi vergüenza ajena, y el caso es que de la morena con más tetas no se volvió a saber y con la otra se pasó el verano y otro verano y por ahora deben andar cerca de los veintitrés, y recuerdo que pensé tío eres bobo, porque la otra era más guapa y tenía muy buen toque de balón, y luego caí en la cuenta de que tal vez justo por eso se marchó con el fútbol a otra parte, en algún campo de primera con algún equipo ganador.
Pero de todos la mejor siempre fue Aurora. Aurora y Jose. Con ellos dos era la fiesta, con ellos dos era el desmadre, con ellos dos todo era fácil. Con ellos dos no hay adjetivos: son gente buena, gente adorable, la clase de gente que para construir un mundo mitad decente debería tener los hijos, todos los hijos, o por lo menos educarlos. Aurora era menuda, dulce, sonriente, filipina. Jose canijo, calvo, miope, desgarbado con esa voz aflautada y esa charla entre triste e hilarante, irónica, tierna y sutil, como un remake de Woody Allen. Como Woody Allen en Madrid. Nunca me trataron como a un niño, ni me hablaron como se habla a un niño, ni esperaron de mí lo que se suele esperar de un niño. No importaba la edad que tuvieras, con ellos eras nada más su amigo. Un amigo que llevar a la playa, que llevar al cine, que llevar de paseo, que llevar de excursión, un amigo al que contarle todo, al que hablar de tu trabajo, de tus jefes, de tus deudas, de tus marrones, de los atascos, del calor, de las películas, de los libros, de la televisión. Un amigo con el que hablar de nada y sin embargo estar, sólo estar, cercano y presente, en plena confianza. Y Woody que me hablaba de la estirada de su ex, una ejecutiva americana de una empresa de semáforos, una ejecutiva de ojos verdes que se volvían naranja y luego rojos y en cuya cara podías ver si se enfadaba los hombrecillos del semáforo salir corriendo, sin distinciones de color, para escapar de la furia aterradora del Imperio. Y me hablaba de Aurora. De cómo había conocido a Aurora y de los problemas que tenían entre el inglés, el tagalo y el español, de cómo avanzaron en su relación gracias nada más que a confusiones, a palabras incorrectas o a expresiones incorrectas o a frases hechas mal entendidas o a simple y llana incomunicación que había acabado por llevarles a estar cerca, tan cerca que ya no hacían falta idiomas, porque bastaba reírse o encogerse de hombros o enfadarse por un rato hasta que luego perdonar. Y ella era la atracción, era la reina del verano, la que reunía a todos los niños a sus pies para escuchar esas historias increíbles de un poblado donde las serpientes eran gatos, y se paseaban por tu casa y se comían a los ratones y las cuidabas y las reconocías y les ponías nombre, un poblado rural y muy lejano, al sur de Manila, donde llovía todo el tiempo y todo era verde y apenas se hablaba más que tagalo. Un poblado que daba miedo y daba envidia porque aquí nunca llovía y las serpientes eran feas y a las ratas se las comían unos gatos nada vulgares pero sin duda más gordos y consentidos, unos gatos que uno imaginaba rebelándose cualquiera de estas tardes y entrando a la cocina a reclamar su buen plato de potaje, o sacándole de la cama a medianoche para mandarlo a montar guardia en el granero, o simplemente pasando el resto de sus vidas dormitando en un rincón sin abrir jamás un ojo, ese ojo verde que todo lo ha visto y todo lo sabe, ese ojo tan distinto al de las serpientes de Manila, que uno no ha visto pero imagina siempre atento, reptando en pos del roedor, por no hablar de la ventaja de ser serpiente cuando se trata de colarse a traición en una madriguera. Y con Woody y con Aurora nos fuimos una vez a Barcelona, y visitamos el Parc Güell y sus dragones, y comimos en el zoo y vimos serpientes y aprendí a decir tacos en tagalo, y subiendo a la Sagrada Familia por la escalera de caracol empecé a pensar en el error, el primer gran error de mi vida, y a descubrir que tenía vértigo, y a pasarlo mal, y Aurora lo pasaba peor pero apenas se quejaba y Woody iba delante con cara de ganador, pero cagado de miedo, y los tres subimos hasta lo alto de la torre, y nos asomamos al abismo que se abría a Barcelona, y pensamos que jamás el suelo iba a estar tan lejos, y miramos los aviones y entonces fue cuando ella nos volvió a contar la anécdota del aeropuerto, de su llegada a Madrid, de cuando vio un taxi que decía “libre” y buscó en su diccionario y leyó “free” y pensó en las ventajas de encontrarse ya en Europa donde uno podía llegar gratis al hotel desde el avión, y de cómo subió al taxi confiada y la cara del taxista cuando al llegar vio que se iba tan campante, sin más, eso sí, tras dar las gracias. Y los tres nos reímos y nos hizo bien, porque faltaba una bajada, y la escalera de caracol se retorcía alrededor de un hueco tan estrecho que uno pensaba tranquilo muchacho, no cabes aunque te caigas, aquí no caben las serpientes de Manila, y por otro lado sabía que sí, que sí cabía, que cabía yo y cabían dos y cabían tres y que Gaudí el muy cabrón debió pensar en ascensores para una obra de tal tamaño, o pensar en escaleras amplias y confortables en lugar de adornos florales y troncos y mosaicos y dragones y prodigios de la imaginación que uno todavía no sabe si son hermosos, pero sí son necesarios, aunque no, no los quisiera yo en mi casa, no en mi salón. Y ya abajo y de vuelta en casa y al día siguiente a la playa y Aurora siempre a la sombra para no ponerse negra como un escarabajo, y saltar con las olas y hablarle en castellano para escuchárselo decir en tagalo y decírselo mal en tagalo para que ella lo traduzca al inglés y decirlo mal en inglés para que ella lo dijera mal en castellano y reírse por el absurdo de aquella mujer que se reía y hablaba cuatro idiomas y justo el mío lo hablaba mal. Y recuerdo que pasaron los años y yo crecí o ellos cambiaron el destino de sus vacaciones y nos veíamos cada vez más de cuando en cuando pero siempre igual de bien, siempre como amigos, como el amigo que dejaste ayer en el portal de su casa, con el que hablaste en una esquina a la salida del trabajo, y por años que pasaran y por más que me hice adulto seguimos en contacto, como esa gente a la que ves muy poco o no ves nada pero necesitas saber, de cuando en cuando, que la vida les trata bien, la mitad de bien solamente, de lo que piensas se merecen porque con eso ya les basta y son felices como lo sería cualquiera. Y recientemente me convertí en su médico de cabecera, el médico telefónico que da consejos a cinco horas de camino, a quinientos kilómetros, al otro lado del auricular, o sea, aquí mismo, porque andaba delicada de salud, achacosa, deprimida, con frecuentes crisis de pánico. Y como pude, torpemente, yo traté de darles calma, de explicar lo que sus médicos no hacían, de reírme con su acento, de contribuír con mis mejores gracias. Y los fines de semana, sentado en la plaza de la casa con los gatos, imaginaba tener serpientes y que lloviera todo el tiempo, porque me acuerdo todavía del poblado donde las serpientes eran gatos. Y la lluvia no paraba y miras distraído el telediario. Y te cuentan por teléfono que se ha caído una montaña, que la montaña sepultó todo el poblado, que ha enterrado para siempre a las serpientes, a las ratas, a la gente y a las plantas y las familias y a los recuerdos y a los miedos y a los gatos. Y miras distraído el telediario y te imaginas al muchacho adolescente que ya no tiene madre ni infancia ni pasado, que ni siquiera tiene un muro gris al que pegar la oreja para escuchar los miedos que ha encerrado, que ya no tiene miedos, que mira asombrado a la montaña, que sólo espera que llegue el avión de la Cruz Roja y que los trámites sean rápidos y que le saquen pronto de allí, que le saquen pronto y para siempre, para vivir en cualquier parte, pongamos de momento en Madrid, donde toda la familia que le queda pueda entenderlo en tagalo, pueda hablarle de serpientes, pueda hablarle de gatos.

2 Comments:
No he podido parar de leer hasta el final.
Gracias a Isabel por haberme pasado tu link.
Lu.
jau Lu.
si hubiera podido hacer como tú, y no hubiera dejado de escribir hasta el final, la cosa sería un tomo de más de mil páginas, pero soy un velocista muy disperso, ahí lo dejé. Y bien, gracias a Isabel (a cualquiera de ellas) por su proselitismo.
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