ni clooney ni house (y milikito tampoco)
Mi caso más difícil: el primero. La primera mañana en urgencias. El absoluto desamparo del que está para ayudar. Tardé más de ocho horas en diagnosticar gastroenteritis a una rubia con diarrea. A partir de ahí fui mejorando. Empeorar no se podía. No sin cambiar los roles. No sin ocupar una camilla. Tanto como un trabajo fue una experiencia emocional. Como arrojar una peonza en el vagón de cola de la montaña rusa. Aprendí a mostrarme en calma pese a las ganas de llorar. A interesarme por el dolor de los extraños. Encontré dentro de mí una recóndita ternura, una empatía que nunca pensé que estuviera allí. Una ternura que surgía a borbotones cuando trataba con los locos, los ancianos, los frágiles, los vagabundos, los deshauciados. Aprendí a trabajar más allá de todo cansancio. A curar con una charla, un bocadillo, una manta, un zumo y un yogur. Supe que podía ser un buen médico. Podía ser de los mejores. Pero el sistema es destructivo. Es muy frustrante y yo muy frágil. Me retiré. Me quedé con lo aprendido. No dejé que la rutina lo arrasara.

2 Comments:
le buscaste
el pulso
y
ya
no
hizo
falta
abstraerte
concentrarte
alejarte
el ritmo
movió tu pies
tu baile
te llevó
afuera
donde seguir
bailando
el pulso lo marcaba un extraño
zumbido
procedente de dios sabe donde
apagué todas las máquinas
(pulsioxímetros, bombas de insulina, solinitrina y dopamina, electrocardiogramas, resonancias, teléfonos, impresoras, respiradores, monitores, ecógrafos, corazones artificiales)
y resultó
que el zumbido estaba
siempre
solamente
en mi cabeza
Publicar un comentario
<< Home