un cuento de chejov
El día de la muerte de su hijo, un hombre llega a su casa reclamando los servicios de Kirilov. Su mujer está enferma, dice, su vida corre peligro. Kirilov es médico, pero nada, ni aún la fuerza de la ley, podría sacarlo de su casa en un momento como este. En la habitación, en la paz de las desgracias consumadas, contempla a su mujer y al el cadáver de su niño. El visitante insiste, Kirilov se rinde. Nada importa después de todo, nada hay que pueda hacer. Se viste, coje sus cosas, se sube al coche, emprende el camino. No más de una hora, le dicen. Se arrepiente de inmediato.
Al llegar a la casa la enferma no está. Todo fue una estratagema para distraer a su marido, ganar tiempo, escaparse con otro. Él no lo sabía, pero hace tiempo la mujer tenía un amante. Presa de la desesperación, el marido ultrajado busca el apoyo de Kirilov. He sido burlado, le dice, pero de pronto Kirilov se sabe la víctima de una burla aún mayor. De una burla más cruel. De la que no conoce ni el objeto ni el sentido ni el autor. Airado la emprende con aquel que le sacó de su casa en las horas de dolor. Los hombres discuten. Se cruzan reproches desmesurados ¿Quien es la víctima? ¿Qué burla es mayor? Ya apaciguado, Kirilov es conducido de vuelta. El dolor pasará, el sentimiento de burla, jamás.
Los termómetros no pasan de cinco, limpio y conciliado, pensando en Kirilov mientras Dylan canta creep.
Al llegar a la casa la enferma no está. Todo fue una estratagema para distraer a su marido, ganar tiempo, escaparse con otro. Él no lo sabía, pero hace tiempo la mujer tenía un amante. Presa de la desesperación, el marido ultrajado busca el apoyo de Kirilov. He sido burlado, le dice, pero de pronto Kirilov se sabe la víctima de una burla aún mayor. De una burla más cruel. De la que no conoce ni el objeto ni el sentido ni el autor. Airado la emprende con aquel que le sacó de su casa en las horas de dolor. Los hombres discuten. Se cruzan reproches desmesurados ¿Quien es la víctima? ¿Qué burla es mayor? Ya apaciguado, Kirilov es conducido de vuelta. El dolor pasará, el sentimiento de burla, jamás.
Los termómetros no pasan de cinco, limpio y conciliado, pensando en Kirilov mientras Dylan canta creep.

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