jueves, septiembre 01, 2005

(siempre esperé al diablo en las encrucijadas)

Siempre queríamos ser cowboys, pero a mí me daban miedo los clichés. Temía que me envejecieran, y convertirme en un niño cano, fofo y arrugado como un John Wayne tardío, que en mi cabeza se fundía con las fúnebres lentejuelas del Elvis que ni siquiera vi morir. Y temía quedar preso en la realidad del lado izquierdo, y que alienígenas zombis transformados en Arapahoes me ajustaran cuentas por los búfalos, las praderas y el frondoso mundo extinto donde reinaba el oso gris. O que los propios búfalos marcianos regresaran del exilio y dispararan contra mí o mis semejantes. O que surgido de la nada el furioso caballo de hierro arrollara los rebaños de cowboys que indolentes se apacentaban en alguna parte en Oklahoma. O que la vida que me esperaba se llenara de serpientes de cascabel y decorados cartón piedra. O que nadie más se acordara de Custer y sus hombres, y nuestros espíritus vagaran eternamente por Little Big Horn hasta confundirse con el olvido que siempre guardamos para nuestros muertos enemigos. Y temía también aburrirme mortalmente. Y en esas noches me arrojaba al Río Grande y cruzaba con fatigas las fronteras del inframundo.